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viernes, 9 de diciembre de 2011

El cuaderno de Alma

El silbido de Simón retumbaba en todo el pasillo. Vestido con su uniforme de trabajo, porra incluida, paseaba por el hall del museo de arte de la ciudad, despidiendo con su alegre sonrisa a los últimos trabajadores que quedaban. La última en salir fui yo, como siempre, después de terminar de limpiar la última baldosa de la última sala del recorrido del museo.
Esa es la vida que ahora me tocaba vivir.
Salí rápida del vestuario y atravesé el hall esperando encontrarme con la sonrisa del guardia de seguridad. Quería llegar a casa lo antes posible. No me gustaban las niñeras, pero era lo que tocaba.
Sin embargo, justo antes de agarrar la manivela de la puerta y lanzarme sin paraguas a la fría y lluviosa tarde de otoño (o más bien noche en esas épocas del año), David, el director, llamó mi atención. Me dijo que si, por favor, podía llevar un cuadro a un comprador que vivía muy cerca de allí, y cuya casa no estaba lejos de la mía.
Ya me cansaba de hacer de la chica de los recados. Soy limpiadora, no recadera. Sin embargo, el pequeño (muy pequeño) plus que aumentaba mi salario a final de mes, quizás recompensaba esos pequeños trabajos que David me ofrecía. Y no estoy yo como para no querer dinero. Así que cogí el gigante cuadro, que era casi tan grande como yo, y lo cubrí con un plástico y una sábana blanca, lo suficientemente grandes como para que lo cubriera completo.
Sin embargo, era más difícil de lo que creía. Caminaba con bastante dificultad. La lluvia no era intensa, pero molestaba. Hacía frío y, para colmo… ¡Joder! mi teléfono móvil comenzó a sonar.
Seguro era él. Ojala sea él, pensaba nerviosa. Sin dejar de caminar, buscaba temblando el teléfono en el bolso. Seguro que tiene explicación. No paraba de sonar. Seguro que es él. Seguro.
Mi cara de decepción debió ser un auténtico cuadro cuando en la pantalla del móvil leí David museo:
- Alma, lo siento mucho, pero he recibido un fax del comprador y ha cambiado la fecha de entrega. Pásate mañana por la mañana, antes de trabajar, por favor. Sabes que tendrás tu recompensa guapa.
Ese guapa que David solía colocar al final de las frases me ponía enferma, aunque él no fuera realmente mal tipo. Pero ya estaba harta de limpiar el museo y ser la chica de los recados, aunque fuera eso ahora lo que me tocara. Se curraba, y tampoco se ganaba tanto.
Apreté mucho más el paso. La lluvia, el frío, y el cabreo que llevaba encima me hacían querer llegar antes a casa. Además, las niñeras no me gustaban.
Al llegar a la puerta de casa decidí llamar al timbre. No tenía ganas de pegarme diez minutos buscando las llaves. Miguel abrió la puerta. Mi querido Miguel, mi vida:
-Mira lo que he pintado con Claudia,  mamá.

Cada día que pasa es mejor que el anterior, aunque sigo esperando volver a verlo. Que aparezca, o que de señales de vida. Hasta entonces solo me queda terminar el día pensando que cuando llego a casa puedo besar a mi hijo antes de echarme a dormir...

lunes, 28 de noviembre de 2011

Los pensamientos de Diego

No puedo dejar de pensar en aquella voz. Quebrada pero dulce, femenina, que se confundía con los golpes secos que dejaban sus tacones sobre el suelo, a modo de rastro. Esos finos tobillos que asomaban por debajo de un cuadro que portaba con dificultad, y con unos preciosos zapatos de tacón. Una voz, y unos tacones… Un escalofrío me recorre el cuerpo  cada vez que lo recuerdo.
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Un gato maullaba al fondo del callejón. Era de noche. Noche lluviosa y poca luz, que venía de las feas farolas verdes. Verdes, y además, la mayoría titilaban o no funcionaban, dejando zonas de la calle a oscuras.
Diego paró en seco al oír al pequeño gato, que al parecer, no debía tener más de cinco meses. Pensó un par de veces en lo cansado que estaba y el sofá rojo del salón de su casa. Pero se dejó  guiar, sin saber muy bien por qué, por aquél flojo maullar, que se confundía con la lluvia.
Diego se quitó las gafas e intentó secarlas sin éxito con una de las múltiples capas de ropa que abultaban el abrigo. Los chorretones de agua con gomina corriéndole por la frente no le importaba, las gafas sí. Se acordó de su coche, que le había dejado tirado dos días antes, y que ahora estaba bien caliente (y seco) en el taller.
 Vio, antes de llegar a la mitad del callejón, en el que por suerte las farolas no titilaban, al gato bajo un contenedor de basura, solo. Quizás el año y medio que Diego había estado viviendo solo había conseguido abandonar sus ganas de vivir sin obligaciones ni responsabilidades, más allá de ir a trabajar cada día y que, al fin y al cabo, no era más que pura rutina.


Andaba apresurado por la avenida. Llevaba al pequeño felino negro envuelto en su larga bufanda de punto, asomando la cabeza, que cubría como podía con el brazo. Un delgado gatito con una mancha blanca que enmarcaba  su ojo derecho, y que le daba un aspecto gracioso.
Ya solo le quedaban dos manzanas antes de llegar a su casa, y Diego volvió a pensar en aquél confortable sofá rojo que compró en ikea, y maldijo, por cuarta vez en ese día, a su coche.
Su reloj de pulsera pitó dos veces marcando que eran en punto, y apretó el paso. Diego miraba hacia el suelo protegiendo al cachorro de la lluvia. De repente, a sus oídos llegó una voz y un traquetear de tacones que marcaban un ritmo muy uniforme. Una voz que le hizo parar en seco, levantar la cabeza, y buscar de dónde venía.
Unos tacones se movían uno tras otro, subiendo la calle. Unos tacones que continuaban con unos tobillos protegidos por finas medias. Unos pocos centímetros más arriba, un cuadro cubierto con una sábana y sujeto por un brazo cortaba las piernas de la muchacha.
Diego se dio la vuelta y continuó caminando. Pero aquellos zapatos se le grabaron junto a aquella voz en la cabeza. Muy grabados.